2017


acerca del jardín

 

“¡Debo insistir en el jardín!… ¡Debo insistir en el jardín!”, exclama el principal personaje de la novela Los papeles de Aspern, de Henry James, situada en Venecia, ciudad donde, se sabe, no abundan precisamente los palazzo con jardines. Tal firme declaración de intenciones es la que guía nuestro tema: hacerse de un jardín, andar en él, procurarse una sombra bajo sus árboles, cancelar compromisos sociales para atender las plantas, barrer las hojas secas con el mismo placer que uno riega las flores, ser celoso del orden que nos impone y, ante todo, cultivar el olvidado sentido de la paciencia. Existe la concepción del “paraíso” como un jardín donde aquellos de recto andar por la Tierra terminarán congregándose después de morir, o la idea de que el jardín es un mundo intermedio entre lo divino y lo secular, entre la naturaleza y la civilización. Ya lo decía el teórico alemán Gert Mattenklott: “La creación no es ningún arte para los dioses, pero el trabajo sí”. ¿O acaso no fue el primer hombre ante todo un hortelano, alguien que trabaja lo que un sobrenatural chasquido de dedos implantó sobre la Tierra? “Y fue un creador / un jardinero / Un creador de glorietas / para el silencio”, escribió Federico García Lorca. El jardín es también hogar de solitarios, oficina al aire libre donde registrar asuntos de suma importancia (el número, variedad y frecuencia de aves que lo visitan, la intensidad de los vientos, nuestra presión arterial después de un día de trabajo), sitio de los caprichos más excéntricos (como el Barón von R. en el relato El mayorazgo, de E.T.A. Hoffmann, que mandaba talar bosques enteros con tal de disfrutar de la creación de una nueva vista y obtener así sus muy personales paisajes itinerantes cada vez que cabalgaba); el jardín es también passeggiata monacal para forjar los hábitos (bajo hábito entendemos lo que Cicerón llamó una estable y absoluta constitución de la mente y el cuerpo), ordenamiento quincuncial (léase El jardín de Ciro, un libro de sir Thomas Browne sobre dicha distribución —que es la forma del cinco en los dados, como nos recuerda el escritor italiano Roberto Calasso— en ciertos jardines; o recuérdese a su vez, las palabras de Coleridge: “quincuncios en los huesos, en los nervios ópticos, en las raíces de los árboles, en las hojas, en los pétalos, ¡en todo!”). A esto hay que recordar que el jardín es ante todo arquitectura (piénsese, por ejemplo, en los invernaderos de cristal que confunden la noción de estar al “aire libre”, o en las divisiones y pasajes de los amplios jardines de las antiguas villas italianas o francesas con sus fuentes y sus lagos artificiales, evocaciones indirectas del gran jardín del rey Salomón quien, como recoge el Eclesiastés, proclamó: “Engrandecí mis obras, edifiqué casas, planté viñas para mí; hice jardines y huertos, y planté en ellos toda clase de árboles frutales; hice estanques de aguas para regar el bosque con árboles en pleno crecimiento…” ). Y arquitectura son también los armoniosos espacios zen —karesansui— como los de Japón, muestra de una forma tal de disciplinada belleza aparentemente casual y de trazos curvilíneos tan suaves que nos hacen pensar más en la lógica de una ola marina que en el diseño racional de la geometría. 

Todos estos lugares destacan por una condición paradójicamente inherente al concepto de jardín que históricamente nos hemos formado: son tales en la medida que al revisitarlos permanecen tal y como los vimos la última vez. De ellos se exige que no se vea alterada su disposición original, que permanezcan estáticos, magníficos, limpios (¿que no hay algo más dinámico que un pedazo de tierra cultivada?), que no rompan la visión cotidiana que nos otorgan. Dicho de otro modo: un jardín donde irrumpe violentamente la naturaleza (pero, ¿acaso no se abre ésta camino destruyéndose a sí misma?) simboliza, antes que otra cosa, que ha sido abandonado por el hombre, de sus cuidados, esfuerzos, sacrificios por mantenerlo siempre alejado del resto del mundo. Es ahí cuando aparece el jardinero, casi siempre invisible, ataviado con sombrero, tijeras, pala, azadón, una regadera portátil, botas de hule, y cientos de bolsillos. Una figura de la que casi nunca se habla, el verdadero hombre fuera de lugar (siempre está en un rincón, escondido, atento sólo al murmullo que se eleva sin cesar desde el césped). Todo jardinero es un pupilo de aquel hombre llamado Ciro del que hablaba Browne, nada menos que un “espléndido y constante sembrador”. A veces cortar el árbol, a veces pulir las piedras, y el resto contemplar, cantaba un monje zen. Construir, habitar, pensar, tituló el filósofo alemán Martin Heidegger un breve ensayo que expuso en 1951. El jardinero es, ante todo, un constructor, alguien que provee un orden a lo que él considera un desorden natural. Habita y hace habitable un espacio previamente salvaje para él. Podríamos decir que le da sentido, incluso que lo activa, que a partir de esa apropiación comienza a forjarse una voz, su más íntimo recinto (“Y da a tu decir sentido, dale sombra”, escribió el poeta Paul Celan). Ya lo dijo bien el filósofo y profesor de estética italiano, Massimo Venturi Ferriolo: “El hombre mora y construye el lugar del habitar. Construye y habita, y viceversa. Son actividades paralelas. La acción es incesante: transforma sin descanso el mundo. Una actividad constante modifica el medio y crea el paisaje: un trabajo eterno, obviamente”.

Horacio Berra 

 

 

Sobre el jardín a medio secar azulea el cielo, por primera vez desde hace mucho. Él se defendió de la sensación de vértigo con un paso de baile, “baile del mareado”. Se le verdea la vista: el ciprés junto al muro del jardín. Ante la señal de la tristeza y de este verde él inició el día. “Qué sería yo sin jardín”, pensó él. “No quisiera estar más sin jardín.”

Peter Handke, Ensayo sobre el día logrado


"Los siete días del jardín", así iba a titularse la siguiente parte no escrita de "Don Quijote". Estar en el jardín, estar en el mundo. La marcha de la rotación de la tierra es inestable, de tal manera que los días tienen diferentes duraciones, sobre todo aquellos que oponen resistencia a los vientos de las cordilleras. La dicha del día y el dejar de hacer; el dejar de hacer como hacer: él deja que la niebla pase por la ventana, él deja que la hierba se agite detrás de la casa”. 

Peter Handke, Ensayo sobre el día logrado


Ninguna aurora fue tan hermosa en ningún sitio como la del 2 de mayo de 1880, cuando las Sociedades del Canto alemanas de Patterson se reunieron en la Montaña Garret, como habían hecho años antes el primer domingo de mayo.

Sin embargo, el encuentro de 1880 resultó fatal, cuando William Dalzell, que poseía una finca cerca de la escena de los festejos, disparó sobre John Joseph Van Houten. Dalzell insistió en que los visitantes de años anteriores habían pisado su jardín, y en que estaba determinado a que este año les impediría cruzar cualquier parte de sus terrenos. 

William Carlos Williams, Paterson

 

 

Scheidegger & Spiess - Books, The Gardens of La Gara.

An 18th-Century Estate in Geneva with Gardens Designed by Erik Dhontand a Labyrinth by Markus Raetz.

 

 

Mario Satz, Pequeños Paraísos.

En breves e intensos capítulos, Mario Satz ahonda en la construcción de los jardines, pequeños paraísos que aún hoy nos sorprenden y admiran.

 

 

Gustav Klimt en el jardín de su atelier en Viena, 1911.

 

 

Fotografía de Jin Weiqi.

Bosque de Bambú / V Studio - 2. 

 

 

Herbstlaub

Hojas de otoño / fotografías: Michael Rast; explicaciones y notas botánicas: Rudolf Widmer; compilación de poemas: Jost Hochuli; diseño: Jost Hochuli.

 

 

Fotogramas de la película de Jacques Tati, Mon Oncle.

 

 

Fotografías de Cy Twombly.

 

 

Sobre el jardín, el escritorio, los grumos de nieve, la hojarasca y el olor a subsuelo de roca.

Llegado al jardín de su casa, no sabía cómo había logrado encontrar el camino de vuelta. No recordaba ningún detalle del camino que había seguido por serpentinas escaleras de piedras hasta lo alto de la montaña. ¿Aquel hombre tocando el saxofón en la oscuridad de los arbustos del río, acompañando el murmullo del agua, no era acaso inventado? ¿Y no era también una invención que él estuviera ahora en su jardín? ¿Acaso no seguía en realidad sentado en la guarida o muerto a navajazos, a tiros, o atropellado? Se agachó e intentó hacer una bola de nieve, pero los copos se deshacían. En aquel instante se sentía como si todas esas horas transcurridas lejos de su escritorio hubiera estado envuelto en un lance que ahora por fortuna no resultaba ser una lucha cuerpo a cuerpo o a brazo partido. A continuación midió a pasos el jardín y rodeó cada arbusto y cada árbol hasta que la lentitud de sus movimientos se convirtió en circunspección. En la casa seguía brillando la luz que él había dejado encendida para su regreso. Entonces se sentó junto a la puerta en un banco de madera muy largo, que tenía algo de esas banquetas que hay en las granjas donde se lía el cigarro después del trabajo. Sentía tanto calor que se desabrochó el abrigo. Estiró las piernas y en los talones notó el suelo abombado del jardín sumido en su letargo invernal. Un rayo iluminaba la nieve que olía a hojarasca y a subsuelo de roca. La última campanilla la habían quemado los copos atrapados en el cáliz y convertidos en grumos de hielo; el azul brillante de los arándanos había quedado reducido en pocas horas a un marrón negruzco. La casa del terreno vecino, a medio construir y casi cubierta de maleza porque al constructor se le había acabado el dinero, parecía un templo en ruinas erigido en otro lugar de la tierra. Durante unos segundos vio como el albañil abría el metro, se oyó resonar su voz con acento extranjero, y la rueda del torno medio oxidada y tanto tiempo parada empezó a girar de nuevo. Se acordaba del día en que, durante el descanso de la comida, aquel joven aprendiz se quedó tumbado en la azotea con los brazos cruzados detrás de la nuca, mientras él en su cuarto aporreaba la máquina y a su vez le hacía escuchar al otro aquel ruido universal que salía por la ventana abierta de par en par. ¿Deseaba tener un vecino? Notó que con la pregunta empezaba a conciliar el sueño: voces que se alejaban y en su lugar se instalaba una sola voz, aquella que sin oírse llenaba el espacio de su mente y le contaba los sueños. Y fue entonces cuando oyó hablar de un libro, escrito por su predecesor, donde se hallaba textualmente escrito todo lo que él había escrito ese día. El sueño le asustó al primer momento, pero luego tuvo un efecto calmante. Haciendo un esfuerzo, entró en la casa.

Peter Handke, La tarde de un escritor.

 
 

 

James Benning, Two Cabines.

 

 

Carmelo Naranjo, Natures mortes.

 

 

Gustavo Fontán, documental El Árbol.

 

 

Häfner/Jiménez, Land Lines.

 

 

Fotogramas de la película de Aki Kaurismäki, La vida de bohemia.

 

 

Bertolt Brecht en su jardín.

 

 

Michael JakobEl banco en el jardín.

Los objetos aparentemente insignificantes, los que pasan desapercibidos, tienen a veces funciones complejas. Un banco en un jardín es, la mayor parte del tiempo, invisible. Sin embargo, cuando en ciertos jardines se les presta atención, revelan su sorprendente potencial semántico y narrativo. Y en algunos casos especiales llegan incluso a convertirse en el centro que organiza las estrategias escópicas de todo el conjunto. Del jardín pintoresco de Ermenonville en Francia, a Gorki, la dacha de Lenin; de las calles de Florencia y otras ciudades toscanas, al Parque Güell; de La Náusea de Jean Paul Sartre, a Verano tardío de Adalbert Stifter..., la obra de Michael Jakob se desliza entre paisajes únicos con el objetivo de revelar la compleja riqueza de significados que oculta el banco en el jardín.

 

 

Sobre el jardín del ingeniero D., un cuadro de Brueghel y los Alpes.

Cuando el verano del año pasado

visité al ingeniero D. en Zurich,

estaba sentado junto a la ventana abierta,

dando vueltas sin cesar en la mano

a un trozo de feldespato. Mire,

me dijo, fuera el jardín se cubre de maleza

y yo estoy casi en mitad del follaje.

Eso me recuerda mis andanzas

por el desierto. Cuántas máquinas

he construido e instalaciones

diseñado, hasta que perdí la fe

en la ciencia,

a la que había servido toda la vida.

Yo había llegado a una de las bahías

muertas del tiempo, como aquél tártaro

del turbante rojo

y la pluma blanca y torcida,

había subido a la montaña y miraba

a ciudad, ante mí tenía

una imagen desvaída del gran diluvium.

Sentía el temblor

de las antenas de los tejados

de las casas como una agitación

en el cerebro, podía,

muy lejos, oír el ruido

de Gauss, un ruido uniforme,

que se extendía a toda la escala,

de la tierra a

los cielos, en donde los astros

flotan en el éter. Desde entonces

he pasado muchas medianoches

de dudas horribles,

pero ahora la paz vuelve

al polvo, y leo,

en las descripciones de la Naturaleza

del XVIII, cómo una tierra

verdeante se hunde

en las sombras azules del Jurásico

y finalmente sólo el antiquísimo hielo

de los Alpes conserva

un ligero resplandor.

Una extraña luz llena los versos

de Haller y Hölderlin, y sin embargo

hay también falta de claridad

en lo que atañe al corazón. Y es que

las evoluciones de los grandes sistemas

no pueden dirigirse simétricamente, el acto

de poder es demasiado difuso,

y un acto está siempre al comienzo de otro

y viceversa. Taurus

draconem genuit et draco

taurum, y en ninguna parte

hay un momento de reflexión. Por eso váyase,

dijo el ingeniero D., hoy mismo.

El país arde ya, y en todas partes

se queman los bosques, en las hojas abanicadas

crepita el fuego, 

y se extienden las grandes planicies

secas africanas.

Todavía verá quizá 

en su viaje una costa

dorada, una región barnizada

por la lluvia o un escolar en camino

hacia un prado hermoso. Así

he vuelto a vivir otra alegría,

piensa quien se acuerda un poco.

Del lago surge

la umbrosa orilla, la superficie del agua, 

las cintas de rocas y, 

en las máximas alturas, el plumaje 

multicolor del dragón, Ícaro 

que navega en medio de las corrientes 

de la luz. Bajo él se divide 

el tiempo, el glaciar del Rin, 

en dos brazos poderosos, 

surgen las Churfirsten, 

se alza la sierra de Säntis, 

islas de creta que arden 

brillantes en la corriente de hielo. 

Si baja la vista entonces, 

se precipitará 

en el lago, 

como en el cuadro 

de Brueghel, ¿el hermoso barco,

el campesino que ara, toda la Naturaleza,

que de algún modo se aparta

de la desgracia del hijo? 

Las preguntas me llevan 

al otro lado de la frontera. En Arlberg 

se está fraguando una tormenta. 

Miro abajo, al valle, 

y mi alma se marea.

Otra vez ha pasado un verano. 

Y como cuelga la hiedra, escribe Hölderlin,

 cuelga la lluvia sin ramas. Rosas del musgo

crecen en los Alpes. Aviñón boscoso. 

Sobre el San Gotardo, el corcel tantea.

 

W. G. Sebald, Del natural.

ikarusbauer.jpg

Pieter Brueghel el Viejo, Paisaje con la caída de Ícaro.

 

 

Peter Greenaway, Le jardin anglais.

 

 

Jonas Mekas, Guns of the Trees.

Fotos de Simone Nieweg.

 

 

Lars Müller Publishers

Lars is clearing his archive! Until the end of the year we will present you a gem a week – books that have been out of print for a while and that Lars makes available from his personal stock. This week: Encyclopedia of Flowers.

Encyclopedia of Flowers

Encyclopedia of Flowers is a visual exploration of the breathtaking floral arrangements by Makoto Azuma—encounters of unusual, sometimes exotic plants that wouldn’t typically occur in nature. With his meticulously composed photographs, Shunsuke Shiinoki exposes the flowers’ tenuous existence, their fragile forms, continuous metamorphoses, and inevitable decay.
In a contemporary manner, Encyclopedia of Flowers immerses the reader in a universe of extraordinary beauty while at the same time addressing dichotomies such as durability and vanity, artificiality and nature, hybrid culture and environmental change.
This volume by the Japanese “haute-couture” florists includes an introduction by Makoto Azuma and an index identifying all of the more than 2,000 featured species with their binomial names.

Kyoko Wada (ed.)

Award: Winner of 50 Books/50 Covers Competition 2012

Edited by Kyoko Wada
With photographs by Shunsuke Shiinoki, Flower Works by Makoto Azuma
Design: Kenya Hara


 

Fotografías de Simone Nieweg.

 

 

Louis-Ferdinand Céline: carta a su amiga Evelyne Pollet, escritora de Amberes:

No debe cansarse de la vida ni de nada y, sobre todo, de uno mismo. Por que hacerlo? No tiene motivo para ello. Debe cuidar su salud. Toda la vida que llevamos es falsa, viciada y abominablemente contraria a nuestro instinto, desde sus orígenes. Todo es un fallo, todo debe empezarse de nuevo.

A pesar de todo, tiene usted alguna distracción imprevista? Un poco de sorpresa en la monotonía de los días? Esto es muy necesario a los artistas. Nada hunde y condena tanto como la rutina. El espíritu se esfuma al verse siempre igual.

Fotografías de Francesco Cecchi del jardín de la casa de Ferdinand Céline.

 

 

Catálogo de la exposición: Jardins exposition au Grand Palais.

 

Jardín de Derek Jarman

 
 

 

Casa de Chéjov en Yalta.

Hay una casa en Yalta

Hay una casa en Yalta, que yo no he visto, pero que me dicen que tiene cierto remoto parecido con el monasterio de Yuste. Si en su retiro extremeño Carlos I plantó un árbol, Chéjov no le fue a la zaga y en su retiro en Yalta plantó un roble. A su muerte, María Chéjova remató la faena y plantó un ciprés. 

Hay una casa en Yalta, que está alejada del centro y se encuentra en lo que en el siglo pasado fue la aldea de Autka. Allí hay un jardín, que algún día espero ver. Me dicen que es un jardín soberbio, trazado y originalmente plantado por la propia mano de Chéjov. A su lado se levanta la casa de cantera blanca, que el escritor mandó edificar para refugiarse en ella, ya no en busca de una salud que sabía inalcanzable, sino "en la simple espera -como ha escrito Sergio Pitol- de sobrevivir unos cuantos años más al mal cuya gravedad perfectamente conocía".

Frente a la puerta de esa casa crecen dos grandes árboles: el roble de Chéjov y el ciprés de María Chéjova. Algún día los veré.

 

 Enrique Vila-Matas

 
 

 

William Eggleston

 

De vez en vez uno descubre (o recupera, recuerda, redescubre de hecho) un pequeño halo de palpitar tembloroso à la Mekas, ese cineasta de nariz de acantilado y de mirada de saltarín que ve, palpa y rebobina lo que acontece en su cámara. Digo que, así como sucede con Jonas Mekas, a veces uno puede notar el temblor feliz con que alguien más se acerca hacia lo más remoto sin miedo alguno, alguien de andar lento, zapatos bien lustrados y de una timidez de calcetines rojos que va allá donde se encuentra lo más arriesgado y menos obvio: eso que precisamente aparece todo los días y a todas horas y que desechamos por inservible. William Eggleston, más que un fotógrafo del color, es una cámara que electrifica la presencia más aburrida, la que hemos clasificado como, temerosos de no ser lo suficientemente modernos, "vaciada de historia". Prefiero la lisa e implacable palabra aburrida, quizá la única que lleva a las historias con sombra, teatro y suavidad. "The Democratic Forest", su obra más emblemática, en realidad, el compendio imposible de su vida (incluye, hasta ahora, más de 12 mil fotografías impresas en diez libros por la editorial Steidl), es la obra total que irremediablemente siempre acaba escapándose. El título, contrario a lo que podríamos imaginar, es ante todo la descripción detallada de lo mundano, fugaz e improbable. El bosque ya no es lo que imaginábamos, parece decirnos Eggleston; es ahora una mesa con un florero en media de una sala vacía, un estacionamiento con dos autos rojos, un hacha abandonada, una mesa de un dineramericano con un pimentero, un salero, un cenicero limpio y un servilletero sin usar; es un frutero hiperrealista, un cruce de ciudad arbolado, una discreta ventana cubierta con una cortinilla bordada que parece dar hacia un jardín, la página abierta de un libro. Lo que no avanza, lo que acumula polvo, lo que no tiene uso, eso, los honrosos depositarios de lo aburrido, en las fotos de Eggleston, son los lugares, siguiendo al poeta Philip Larkin, donde los vientos vagabundos sacuden la oscuridad.

 

Horacio Berra

 

William Eggleston: ‘The music’s here then it’s gone – like ...
www.theguardian.com

Darkness is falling outside the window of William Eggleston’s fifth-floor apartment in midtown Memphis, and the silences that punctuate his conversation have grown ...

 

William Eggleston: Photographer by Reiner Holzemer (video).

 

 

Observaciones desde el cinematógrafo

Carlota-Ilex. Roble petrificado; piel disecada de animales pequeños. Passiflora; pieza única que se balancea. Bambúes. Ramas de palmera. Bux (mirto). Aloe (agave). Cedro (un alerce) enzarzado en sus ramas, campanillas colgando lánguidamente y en silencio (fucsias); jubea; plátanos. Cactus. Magnolias (hojas que no se pueden rasgar). Helechos australianos (palmeras). Suave laurel. Rododendro cupuliforme. Eucalipto: tronco como músculos al descubierto. Limoneros. Papiro: tallo triangular, con la parte superior en forma de junco. Licina que se enrosca, plátano gigantesco. Bananos.

Franz Kafka

Entrada del 1 de septiembre de 1911.

Diarios de viaje: Lugano-Paris-Erlenbach

 

Raymond Depardon

 

 

Jardín de la familia Nabokov en Wyra.

Vladimir Nabokov

 

 

Los sábados, después de la llamada limpieza general, volvía siempre a casa bastante agotado, con panecillos blancos, patatas y con azúcar y harina, según lo que quisieran en casa, a través de las calles del poblado llenas de los vapores de cocina siempre iguales y, sobre todo, de vapores de sopa, por delante del campo de deportes, a lo largo de la valla de madera ya casi totalmente podrida, hasta el correo de Lehen, a través de los charcos de agua podrida y de la hierba que proliferaba libremente, jamás cortada, delante de la oficina de correos de Lehen, y a lo largo de los cercados insuficientes de los hortelanos búlgaros, cuyo trabajo observaba muy a menudo a través de las cercas y que me recordaba mi propio trabajo como jardinero durante un año en Trauenstein; durante esas observaciones pensaba que también ser jardinero hubiera sido algo apropiado para mí, si los cráteres de bomba no hubieran puesto fin, hacia finales del cuarenta y cinco, a la empresa de jardinería Schlecht & Weininger, en la que tanto había aprendido, quién sabe, quizá sería hoy jardinero. El trabajo de jardinería es uno de los mejores para la mente y el cuerpo, y con él se evade el hombre de la forma más rápida y más natural de la melancolía y el hastío, y la melancolía y el hastío son las características más acusadas del ser humano.

 

Thomas Bernhard, El sótano.

 

 

Peter Handke en su jardín.

 

 

Max Liebermann en el jardín de su casa de Wannsee, Berlín.

 

 

Vladimir Nabokov sobre un panel de "El Jardín de las delicias", de Hieronymus Bosch:

Señores:
quizá podría interesarles saber que las alas de mariposa en el tercer panel del tríptico de Bosch pertenecen a una hembra de la especie común Europea ahora conocida como Maniola jurtina, la cual fue descrita por Linneo unos 250 años después de que Bosch la noqueara con su gorro en una pradera flamenca para colocarla en su infierno.

Vladimir Nabokov
Ithaca, N.Y.

Extracto de carta publicada en la revista LIFE en su edición del 5 de diciembre de 1949.

 

 

Sobre las rocas y su enigma

He tenido la tendencia a buscar la emotividad, y mis ambientes son el misterio, la magia, el enigma. Siempre he funcionado en torno al enigma. Un ejemplo fue la fascinación que ejerció sobre mí El Pedregal de San Ángel. La lava fue para mí una cosa incomprensible, ¿por qué esas rocas?, y ¿por qué todo eso que a los demás les parecía tan hostil, a mí me atraía tan poderosamente y me invitaba a quedarme horas allí?

Luis Barragán

Armando Salas Portugal sobre El Pedregal. Colección Villasana - Torres / Revista L’Architecture d’Aujourd’hui - Mexique.

 

 

Jardines del Pedregal. Colección Villasana - Torres / Revista L’Architecture d’Aujourd’hui-Mexique.

 

 

Jardín de Luxemburgo

Las casas de París no temen al viento ni a la imaginación
(son sólidos pisapapeles, el contrapeso de los sueños).
En el río compiten barcos blancos llenos de una multitud
que reclama un saludo de los que están en la orilla;
esa multitud está de un humor excelente y liquida el pasado.
De un taxi sale una pareja de turistas ricos
con ropas brillantes; los esperan camareros
con unas levitas que la moda no ha transformado.
Mientras, el Jardín de Luxemburgo empieza a vaciarse
y se transforma en un gigantesco herbario silencioso;
no recuerda a todos los que pasaron
por sus caminos sin percibir que ya no vivían.
Aquí vivió Mickiewicz, y allí August Strindberg
trabajó en la piedra filosofal que no llegó a encontrar.
Está anocheciendo, viene una noche seria por el este,
recelosa y taciturna.
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
Qué bello es lo extraño, qué fría la felicidad.
Se encienden luces amarillas en las ventanas sobre el Sena
(he aquí algo realmente misterioso: la vida de otras personas).
Lo sé, en esta ciudad ya no existe el secreto.
Pero existen los plátanos, las plazas y los cafés, las calles afectuosas
y la mirada clara de las nubes que se va apagando lentamente.

 

Mano Invisible

 

 

Sobre el campo y los días de lectura

No había pasado mucho tiempo leyendo en mi cuarto cuando ya era tiempo de irse al parque, a un kilometro del pueblo. Pero después del juego obligado, yo adelantaba el din de la merienda, que se llevaba en cestas y se repartía a los niños a orillas del río, sentados en el césped, donde se había dejado el libro, con prohibición de cogerlo durante un rato. Algo más lejos, en ciertos fondos bastante agresores y misteriosos del parque, el río dejaba de ser un agua rectilínea y artificial, surcada por cisnes y circundada de paseos donde sonreían unas estatuas para, saltarina de carpas y tras cruzar a paso rápido la cerca del parque, acabar precipitándose y dando de nuevo en río en el sentido geográfico de la palabra - un río que debía tener un nombre - que no tardaba en ensancharse (¿era verdaderamente el mismo de entre las estatuas y bajo los cisnes?) entre herbazales donde dormitaban unas vacas y en anegar los botones de oro, especie de praderas que el rio empantanaba y que lindando por un lado con el pueblo y unas torres informes que, según decían, eran de la Edad Media, se perdía por el otro, a través de escarpados caminos de escaramujos y espinos albares en flor, con la naturaleza que se prolongaba hasta el infinito, con pueblos que tenían otros nombres, con lo desconocido. Yo dejaba a los otros acabar de merendar en la parte baja del parque, junto a los cisnes, y subía corriendo por el laberinto hasta cierta enramada donde, indefectible, me sentaba apoyado en los avellanos podados, mirando las plantaciones de espárragos, las guirnaldas de frescales, el estanque donde, algunos días, los caballos, con sus giros, hacían subir el agua, la puerta blanca que suponía el final del parque por la zona alta, y , más allá, los campos de ancianos y amapolas. En la enramada el silencio era profundo, casi nulo el riesgo de ser descubierto, más grata la seguridad por los lejanos gritos que, desde abajo me llamaban en vano, que incluso a veces se acercaban, ascendían por los taludes buscando por todas partes, hasta que, sin encontrarme, se volvían; entonces cesaba todo ruido; sólo de tanto en tanto, el sonido áureo de las campanas que, a lo lejos, allende las llanuras, parecía tintinear tras el cielo azul, habría podido avisarme de la hora que pasaba; pero, sorprendido por su dulzura e impresionado por el profundo silencio y vaciado de los últimos ecos que seguían, nunca estaba seguro del número de campanadas. No eran las estruendosas que se oían al volver al pueblo - cuando nos acercábamos a la iglesia que, de cerca, había recobrado su porte alto y recto, irguiendo contra el azul de la tarde su capuchón de pizarra puntuado de cuervos -, echando a volar el sonido en fragmentos sobre la plaza, “para los bienes de la tierra”. Hasta lo más hondo del parque, llegaba sólo apagadas y suaves y no se dirigían a mí sino a todo el campo, a todos los pueblos; a los campesinos aislados en sus tierras; no me obligaban lo más mínimo a alzar la cabeza, pasando junto a mí mientras comunicaba la hora a regiones alejadas, sin verme, conocerme ni interrumpirme.

 

Marcel Proust, Jornadas de lectura.

 

 

Walafrido Strabo, nacido en el año 808 en Suabia y fallecido en 849, fue abad del monasterio de Reichenau, localizado en una pequeña isla en el lago de Constanza. Fue ahí que escribió "Hortulus", un poema que describe la distribución y el contenido del jardín que cultivaba dentro de la abadía. Aquí reproducimos el primer canto de su versión en italiano:

1. Sobre el cuidado del jardín

Múltiples son las señales que distinguen una vida serena y entre estas, por cierto, no es desdeñable lo que hace aquel que, dedicado al arte de la jardinería- arte que ha hecho a la ciudad de Paestum famosa en el mundo- aprende el cuidado de los huertos que fue querida por Príapo, inverecundo guardián de estos.

De hecho, cualquiera que sea el terreno de propiedad - sea el metido donde la friable piedra se apoya en la arena estéril o sea situado sobre cerros elevados o en la llanura baja donde la humedad grasosa promete copiosas cosechas o esté liviano en el calmo declinar o impervio en sus huecos -, el jardín nunca se niega a generar las verduras naturales. Pero tu, jardinero, sigue en el cuidado sin abandonarte a la lánguida pereza y en lugar de denigrar con palabras mezquinas lo duro del trabajo en el huerto aplícate para esparcir el copioso abono sobre la tierra quemada y polvorienta, y no te molestes por las manos sucias, la eventualidad  de unos callos o la brisa helada de la mañana.

Que sepas que la cultura del jardín, con todos sus conocimientos, no se me ha desprendido de la vulgar opinión común ni de la lectura de textos antiguos. Esta ha llegado a mi más bien con el trabajo y el cuidado - hechos de estudio y pasión - con los cuales derrotando el ocio me hice un experto en los cultivos que la experiencia me enseñó a establecer.

Bibliotheca Augustana - Hochschule Augsburg

Wyrtig - For Gardeners with a Sense of History

 

 
cy-twombly+in+the+terraced+garden+outside+the+Gaeta+house-photo+by+bruce+weber.jpg
 

 

Wassily Kandinsky en su jardín.

 

 

Fotografías de Karl Blossfeldt.

Vidrios serigrafiados del edificio Ricola de los arquitectos Jacques Herzog, Pierre de Meuron y Harry Gugger.

 

 
 

 
 

 

El jardín de Michael en Suffolk era tan fértil que si uno arrojaba una semilla de manzana por la ventana, germinaba y crecía hasta llegar a ser un árbol. Cultivaba su huerta sobre todo de semillas, ya que evitaba seguir el método de injerto y prefería extraer las pepitas y sembrarlas él mismo. Pasaba los días preservando y cultivando muchas variedades de manzanas, incluso algunas que desde hacía mucho tiempo habían caído del favor del mundo comercial o que éste había olvidado de manera deliberada. Su huerta era una enciclopedia de manzanas, un recurso tanto para el horticultor como para el poeta.

Su casa había sido una fila de cabañas de trabajadores del campo, por lo que era curiosamente alargada y tenía el ancho de una habitación: uno podía sentarse a ver hacia el frente o hacia atrás de la casa desde la misma silla. El exterior estaba extrañamente presente en el interior, pero en fechas recientes, había empezado a invadirlo aún más a medida que las enredaderas avanzaban arrastrándose poco a poco por debajo de la puerta y alrededor de las ventanas. Michael parecía conforme con esto, contento de ceder ante el avance de la naturaleza y casi invitándola a entrar. Me dijo que se había dado cuenta de que ya no podía detener el flujo de la entropía y se había vuelto aquiescente en la vejez. Había dejado de sembrar árboles, me contó, porque tardaban doce años en dar fruta y él ya no estaría ahí para verlos. Le preocupaba lo que pasaría con su huerta cuando él muriera, si la entenderían o no y si la conservarían. Le preocupaba tanto como su poesía. Michael era en espíritu un cosechador: un cosechador de fruta y de palabras, y dejó un legado de manzanas y poemas.

 

Fotograma de la película de Tacita Dean, Michael Hamburger.

 

 

Inno Schulte, Jardín en la autopista.

 

 

Anónimo, Muchachas en el jardín, 1939-1940.

 

 

El cementerio de Ditchingham era casi la última estación de mi peregrinaje a través del condado de Suffolk. La tarde ya comenzaba a declinar y decidí subir de nuevo a la carretera y continuar después un pequeño trecho en dirección a Norwich hasta la Mermaid, en Hedenham, donde seguramente abriría pronto el bar. Desde allí podría llamar a casa para que vinieran a recogerme. El camino que tenía que recorrer pasa por delante de Ditchingham Hall, una casa construida alrededor de 1700, de bellos ladrillos color malva, inusualmente dotada de contraventanas verde oscuro, y recluida a la parte superior de un lago serpenteado en el jardín inglés que se extiende en todas direcciones. Cuando más tarde estaba esperando a Clara en el Mermaid, me pasó por la cabeza que la plantación del parque de Ditchingham seguramente no se habría terminado hasta la época en que Chateaubriand estuvo en esta región. Parques como los de Ditchingham, gracias a los que la elite gobernante podía rodearse de un terreno amable a la vista, aparentemente ilimitado, no se pusieron de moda hasta la segunda mitad del siglo XVIII, y era habitual que la planificación y ejecución de las labores necesarias para un emparkment se prolongasen más de dos o tres décadas. Para completar la propiedad ya existente debían adquirirse o intercambiarse diferentes terrenos, había que trasladar carreteras, caminos, casas de labor aisladas y a veces incluso colonias enteras, ya que desde la casa se quería tener una vista ininterrumpida sobre una naturaleza libre de todo rastro de presencia humana. Por este motivo, también en amplias zanjas cubiertas de hierba tuvieron que hundirse vallas, los denominados mojones, para cuya sola extracción eran necesarias miles de horas de trabajo. Se entiende que un proyecto tal, que no sólo se entremetía profundamente en la tierra, sino también en la vida de las comunidades adyacentes, no siempre se pudiera llevar a cabo sin enfrentamientos. Así pues, se informa, por ejemplo, que en la época en cuestión, un antepasado del duque de Ferrers, actual propietario de Ditchingham Hall, en el transcurso de una confrontación evidentemente para él muy enojosa, mató a tiros sin más a uno de sus administradores, por lo que fue condenado a muerte por los Pares de la Cámara de los Lores y ahorcado públicamente en Londres con una soga de seda. El negocio menos costoso en la siembra de un jardín inglés era, con mucho, la plantación de los árboles en pequeños grupos y en ejemplares aislados, aun cuando era frecuente la tala completa de parcelas de bosque que no se adecuaban al concepto general y la quema de matorrales y arbustos poco vistosos. Hoy día, puesto que en la mayoría de los parques sólo crece un tercio de los árboles plantados entonces, y donde cada año perecen más por vejez y por otras muchas causas, podemos imaginar el vacío torricélico en que se levantaban las grandes casas de campo en las postrimerías del siglo XVIII. También Chateaubriand intentó realizar más adelante - en una medida en comparación humilde - el ideal de la naturaleza asentado en este vacío. Cuando en 1807 regresó de su largo viaje a Constantinopla y a Jerusalén, en La Vallée aux Loups, cerca de la población de Aulnay, se compró una casa oculta entre colinas arboladas. Allí comienza a escribir sus recuerdos y, justo en el comienzo, escribe de los árboles que ha plantado y de los que él mismo se ocupa uno por uno. Ahora, escribe, son aún tan pequeños que yo les doy sombra cuando me pongo entre ellos y el sol. Pero alguna vez, en un futuro, cuando hayan crecido, me devolverán la sombra y protegerán mi vejez tal como yo los he protegido a ellos en su juventud. Me siento unido a los árboles, para ellos escribo sonetos y elegías y odas; como a niños los conozco a todos por sus nombres y sólo deseo poder morir bajo su sombra.

 

W.G. Sebald, Los anillos de Saturno.

Michael Hamburger bajo la mora en su jardín de Middleton.

La tarde comenzaba a declinar cuando llegué a casa de Michael, emplazada en los campos de regadío a las afueras de Middleton. Me sentía agradecido de poder descansar en su tranquilo jardín de mis paseos errantes por la pradera, que al hablar de ellos me parecían adoptar de forma involuntaria el carácter de lo meramente inventado. Michael había sacado una cazuela con té de la que de vez en cuando se elevaba una pequeña nube como de máquina de vapor de juguete. Por lo demás, no se movía nada, ni siquiera las hojas grises de los sauces que crecen en la hierba, al otro lado de jardín. Conversábamos del mes vacío y silencioso de agosto. For weeks, decía Michael, there is not a bird to be seen. It is as if everything was somehow hollowed out. Todo está próximo a venirse abajo, sólo las malas hierbas continúan creciendo, las convólvulas ahogan los arbustos, las raíces amarillas de las ortigas se alejan arrastrándose por debajo de la tierra, los arbustos de lampazo rebasan en una cabeza la altura de un ser humano, la podredumbre y los ácaros se propagan e incluso al papel sobre el que fatigosamente se enhebran las palabras y las oraciones se le advierte un tacto como si tuviese una capa de mildíu.

 

W.G. Sebald, Los anillos de Saturno.

 

Trailer del documental de Frank Wierke, Ein englischer Dichter aus Deutschland. 

 

 
 

 
 

 
 

 

El itinerario a través del jardín hasta la casa del té es como una preparación filosófica: una visión idílica, un arroyo y un salto de agua; entonces comienza la serie, piedras como en una playa, una lengua de tierra, linternas “al aire libre”, piedras duras y toscas: ¡reflexionemos! Un puente muy firme hasta la casa del té; entonces, si uno se sienta al alegre ágape tras la reunión en el círculo difuminado de la anti-ceremonia de la degustación del té, oye de nuevo, allí arriba, la cascada y ve, sólo ahora, que el sol brilla sobre ella. Mientras que en la habitación, el espacio queda configurado por el “tokonoma”, pintado en cuadros azules y blancos, de una alegría cromática siempre difícil de encontrar en otras ocasiones. Las tortugas brillan sobre las piedras del estanque y caen pesadamente al agua, los peces brincan dentro del arroyo, las cigarras cantan. El jardín es desde entonces como un apacible parque adecuado para una caminata de placer: “¡el mundo es bello!”. Pero no se te ocurra hacer este trayecto sólo con los pies y con los ojos, hay también un bello panorama en la puerta de entrada al jardín; pero es completamente neutral, no desvela en absoluto nada de lo antes descrito.

Si nos situamos, de pie, sobre la terraza de la luna, el jardín, en su totalidad, se extiende ante nosotros como un festín. Dado que sólo somos huéspedes a los que se espera, la casa del té se ve brillar con una luz tenue desde la lejanía, se vislumbran todas las sutilezas y a la derecha se observa el jardín del ala destinada a vivienda. Pues esta gran vista es sólo para la espera; el jardín de la vivienda del excelso morador no es más que un césped con árboles, casi como el huerto de un campesino alemán, igualmente tan sencillo y “sin artificio”, distinto, por lo tanto, de un jardín urbano (burgués). Su concepción tiene un sentido: para trabajar, vivir y todo el conjunto de las actividades cotidianas, la tranquilidad del panorama que ofrece el jardín es necesaria y útil pues, por el contrario, un jardín artístico, aun ofreciendo la más mínima visión bucólica, resultaría molesto.

Bruno Taut, La maravilla arquitectónica del Japón.

 

 
 

 

Jan Hendrix

 

 

Gardeners' Question Time, Programa de radio de la BBC transmitido en abril de 1947.

 

 

Artür Harfaux

 

 

Peter Handke, In The Woods, Might Be Late

 

 

Alejandro Hernández, The engineer, the gardener and the architect 
Un texto sobre el Jardín Botánico de Culiacán. 

 

 

Foto de Arnoldo Olivier, Museo Kolumba, Colonia.

 

 

De la sombra y la entonación

Las sombras profundas y la oscuridad son fundamentales, pues atenúan la nitidez de la visión, hacen que la profundidad y la distancia sean ambiguas e invitan a la visión periférica inconsciente y a la fantasía táctil. ¡Cuánto más misteriosa y atrayente es la calle de una ciudad antigua con sus dominios alternos de oscuridad y luz que las intensas y uniformemente iluminadas calles actuales! La imaginación y la entonación se estimulan mediante la luz tenue y la sombra. Cuando se quiere pensar con claridad, tiene que reprimirse la nitidez de la visión para que los pensamientos viajen con una mirada desenfadada y con la mente ausente. La luz brillante homogénea paraliza la imaginación, al igual que la homogeneización del espacio debilita la experiencia del ser y borra el sentido del lugar. El ojo humano está mejor afinado para el crepúsculo que para la luz diurna radiante.

La bruma y la penumbra despiertan la imaginación al hacer que las imágenes visuales sean poco claras y ambiguas: una pintura china de un paisaje de montaña envuelto en la niebla o la arena rastrillada del jardín zen de Royoan-ji originan a una manera desenfadada de mirar que evoca un estado meditativo, como de trance. La mirada con la mente ausente penetra la superficie de la imagen física y enfoca el infinito.

Juhani Pallasmaa, Los ojos de la piel.

 

 
 

 

Sir Thomas Browne, Urne Buriall and The Garden of Cyrus.

Claudio Magris,  L'infinito viaggiare.

Claudio Magris, L'infinito viaggiare.

 

 
 
 

 

El jardín, nada más entrar, es ya un bosque oscuro; entre troncos y ramas resplandece la blancura de la pista de patinaje, lago helado y remoto entre montañas -los patines se deslizan y la lisa piedra bajo las ruedas huye con un centelleo de nieve, el viento da en la cara y, aunque la pista circular sea pequeña y plana, ese viento venido de lejos te empuja en un descenso largo y vertiginoso. A veces parece que se cae hacia arriba, como en el columpio; el azul más allá de las cimas de los árboles es un polvorín deslumbrante, el suelo bajo los patines cruje como el hielo de un lago que se requería, la pista se dilata, luminoso claro del bosque.

Claudio Magris, Microcosmos.

 

 

Growing Things: A Film Lesson in “Nature Study”.

 

 

Ermenonville

La teoría de los jardines resulta más indispensable para entender el clasicismo
y el prerromanticismo que la teoría de la poesía. Un paseo por Ermenonville es más enriquecedor que la lectura de Delille. Además, el jardin paysager del siglo XVIII, llamado también jardín inglés, es una verdadera poética, un catálogo de figuras
y tropos, sólo que explicados por medio de una cascada, de un puentecito, un grupo
de árboles o de ruinas artificiales. Allí estaba todo lo necesario para los corazones sensibles: “una cueva de encuentros furtivos”, “un banco para la madre fatigada”, “la tumba de un amante desdichado”. La historia fue muy cruel con estos pimpollos del sentimentalismo; razón de más para visitar Ermenonville, uno de los jardines mejor conservados del siglo XVIII.

 

 
 

 

Sobre el labrar de los días

Un campo roturado que permite ser comparado con un libro y sus renglones - con una fuente y sus pliegues; con una mano y sus líneas - evoca crecimiento, maduración y muerte. No es común encontrar una descripción de la finitud como la hallada en un pasaje de Rafael Sánchez Ferlosio (que forma parte de la narración titulada Alfanhuí) donde los surcos, la pezuña de los bueyes y el resonar de los terrones en la reja son el escenario de la desaparición de quien laborea. Se trata de una muerte no mencionada, no explícita. Una muerte que vive en el labrar de los días. Un campesino está en plena tarea y, sin embargo:

 Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, a través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar.

Ramón Andrés, Pensar y no caer.

 

 

Julierpass, Alpes.

 

 

Sobre el girar de un buey, el arado, y la escritura

La escritura no es siempre quietud. Casi nunca. Nos desplaza de un lugar a otro, crea equívocos en el escenario de la realidad, y en ocasiones, impensadamente, queriéndola transformar, la refuerza. Proponerse idear una región, una comarca cercada por la delimitación de unas páginas, exige que deba ser gobernada. Entonces, su autor se constituye en un tasador, en un demiurgo para cuantos protagonistas deambulan por sus senderos. La paradoja estriba en que aquel que imagina y anota requiere de movimiento, le es preciso conseguir del papel un suelo, no necesariamente para sus pasos, sino para los ajenos. La distancia que cubren las letras no se estima con el sistema métrico, sino a través de la medida del desacuerdo.

Sobre tablillas de arcilla, sobre pergaminos o madera, sobre hojas y pieles, en láminas de cera, arroz o lino (esas que los romanos conocieron como libro lintei), la escritura trenzó una extensión de la que es difícil que separemos nuestra concepción de la existencia. Es sugerente que los griegos de la antigüedad llamaran boustrophedón (bustrofedón) a la escritura cuyas líneas discurrían, alternativamente, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, tal como sucedía en la tarea de arar los campos. De hecho, boustrophedón significa, literalmente, "al modo en que gira un buey", "el girar de un buey", una expresión descriptiva de la maniobra con la que se emprendía la vuelta de 180 grados de las yuntas una vez se llegaba al límite del cultivo. Esto equivale, en los términos alegóricos con que ahora hablamos, y para entendernos, a roturar la memoria, a removerla como se hace con la tierra, a sembrar el saber, conseguir de los surcos un terreno de experiencia y regresar de nuevo al origen para reencontrarnos. La memoria es la facultad que permite escribir, y escribir es pensar en lo pensado.

En un párrafo de Variaciones sobre el cuerpo, Michel Serres recuerda:

Durante mucho tiempo pensé que había heredado el oficio de mis padres, por la lentitud de los surcos labrados alineados sobre la página, con grandes esfuerzos del brazo, del puño, de la bóveda de la espalda y del tiempo empezado antes del alba: como escritor, yo vivía como el arcaico campesino del boustrophedón, vieja palabra que significaba que los bueyes que tiran del arado se vuelven al cabo del surco para emprenderla con el que sigue, en línea paralela, pero en sentido inverso.

 

 

El jardín

Cerca del lago, entre álamos y abetos,
hay un jardín cercado en la espesura,
por mano tan experta cultivado
que está florido desde marzo a octubre.

Al alba allí me siento algunas veces,
que yo también quisiera,
con tiempo bueno o malo,
poder siempre ofrecer algo agradable.

Bertolt Brecht

 

 

John Lessore, Leon Kossoff.

John Lessore, After the hurricane.

Leon Kossoff, Here Comes the Diesel, Early Summer.

Leon Kossoff, Here Comes the Diesel, Spring.

Leon Kossoff, Cherry Tree, Winter.

Máired O'hEochaGarden at Inch.

Maureen Gallace, Icy, Tree, Monroe.

Maureen Gallace, Late on June.

Peter Doig, Bob's House.

 

 

Fotogramas de la película de Peter Greenaway, El contrato del dibujante.

 

 

Luigi Ghirri, Caserta.

 

 

 

En Verona cogí una habitación en la Paloma de Oro y, siguiendo una vieja costumbre, fui inmediatamente al Giardino Giusti.

Allí, durante las primeras horas de la tarde, estuve tumbado en un banco de piedra que había debajo de un cedro. Escuchaba la brisa que entraba y salía del ramaje, como en una caricia, y el ruido sutil que hacía el jardinero al rastrillar los caminos de gravilla por entre los arbustos bajos, cuyo suave aroma seguía impregnando el aire incluso ahora, en otoño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. No obstante acabé por incorporarme. Al salir del jardín me quedé un rato observando una pareja de blancas palomas turcas que varias veces seguidas, palmoteando algunas pocas aletadas, se elevó perpendicular por encima de las copas de los árboles, permaneció inmóvil durante una pequeña eternidad en las alturas azulinas del cielo y después, volcándose hacia adelante con un sonido gutural que apenas podía abrirse camino hacia afuera de la garganta, descendía planeando, sin que sus cuerpos se movieran, en amplios arcos alrededor de los hermosos cipreses alguno de los cuales quizá lleve en su sitio unos doscientos años. Su verde perpetuo me recordaba los tejos que se alzan en los patios de las iglesias del condado inglés en el que vivo. Más despacio aún que los cipreses crecen los tejos. No es extraño que en una pulgada de madera de cedro haya más de cien anillos, y se dice que hay árboles que sobreviven más de un milenio y que al parecer se han olvidado por completo de morir.

W.G. Sebald, Los anillos de Saturno.

 

 

Este pueblo no está nada mal

Un riachuelo, luego un puente,
y detrás una hilera de casas blancas
con el césped bien recortado
y un perro gordo y patizambo
que va por la cuneta lentamente
con un periódico en la boca.

Charles Simic, El lunático.

 

 

 

Es muy serio: es alcalde y padre de familia.
Un falso cuello tragó sus orejas. Los ojos
Flotan indiferentes en un sopor sin fin,
Y en sus pantuflas brilla la primavera en flor

Paul Verlaine, El señor Prudhomme.

 

 

 

Este es un jardín circular con plantas en forma de oreja de elefante, o más bien se trata de un jardín hundido. En la esquina izquierda, si se fijan bien, pueden ver dónde acaba el restaurante del que ya he hablado, y otra vez al fondo aparece, quizá por última vez, la alberca seca con el puente colgante que la cruza. El corredor cubierto que la rodea está sólidamente construido, está realmente presente. Si llueve no te mojas, yes una de las principales ventajas del hotel.

Robert Smithson, Hotel Palenque.

 

 

Le Corbusier, Une petite maison, Carnet 1

 

 

Fotografía de Le Corbusier, Le Piguey

Le Corbusier, Casa Curuchet

Le Corbusier, Pabellón Espirit Nouveau

Le Corbusier, Pabellón Espirit Nouveau

Le Corbusier, Casa Lago Leman

Le Corbusier, Casa Lago Leman

 

 

Jan Brueghel, La fiesta de Baco.

La fiesta de Baco, detalle.
1. Primula auricula 2. Hepatica spec. 3. Primula x pubescens 4. Narcissus tazetta 5. Narcissus jonquilla 6. Hyazinthus orientalis 7. Leucojum vernum 8. Fritiallaria imperialis.

Herman de Vries, De nuestro jardín.

Cy Twombly, Historia natural.

Cy Twombly, Historia natural.

Cy Twombly, Serie natural II.

Cy Twombly, Serie natural II.

 

 

Fotos del libro de Günter Karl Bose, Big Zeppelin.

 

 

 

Junya Ishigami
Cafetería y espacio multiuso

Espacio para cafetería y zona de descanso del Instituto de Tecnología de Kanagawa, en las afueras de Tokio. Con una cubierta perforada, levantada a 2,3 metros del suelo, vegetal con especies iguales a las que cubren el suelo del espacio interior. Las plantas y las flores crecen exuberantemente en partes de la cubierta, cerrando así la luz del sol y la lluvia, y otras partes cubiertas con vides que forman una pérgola que deja entrar la luz, el viento y la lluvia. El suelo, con vides de todas las variedades, forma una continuidad con el paisaje circundante.

 

 

Andrei Tarkovsky, Polaroid.

 

 

Luigi Ghirri, Modena.

 

 

David Dawson, Painter's Garden with Eli.

 

 

Juan Miguel Hernández León,
Ser-paisaje.

Francis Bacon, Joseph Addison, Alexander Pope, Horace Walpole, William Chambers,
El espíritu del lugar. Jardín y paisaje en la Inglaterra moderna.

 

 

John Fowles,
El árbol. Un ensayo sobre la naturaleza.

Dorothea Fischer-Leonardt,
Kandinskys Garten. Fliederbäume und Rosen am Meisterhaus in Dessau.

 

 

Alle Edgar Quinet, Herbert Tobias.

 

 

Ji-Young Rhee, connected [in] IV.

 

 
 

 

 

Otra vez se encarga una mañana de que yo suceda. Una brisa clara atraviesa la penumbra; en el cuarto aparecen los bosquejos de un algo que puede anunciarse por ruidos de actividades. Los ruidos se hacen incitadores, por no decir desconsiderados. El mundo puede ser, por lo demás, lo que quiera, sólo es seguro que es algo cuyo funcionamiento empieza ante mí. Estoy imbuido del presentimiento de adónde va la escena.

Néstor Sánchez, Nosotros dos.

 

 

Javier Maderuelo, Paisaje y pensamiento.

Julia S. Berrall, The Garden.

 

 

Gerhard Richter, Landschaften.

Gerhard Richter, Landschaften.

Gerhard Richter, Krems.

Gerhard Richter, Painting.

 

 

Claude Lorrain, El sermón en la montaña.

David Hockney, El sermón en la montaña II (Después de Claude).

David Hockney, View from Terrace II.

David Hockney, A lawn being Sprinkled.

David Hockney, Bridlington Rooftops.

 

 

Andrés Trapiello
El jardín de la pólvora.

Javier Vives,
Historia y arte del jardín japonés.

 

 

 

Ya en los huertos y en los jardines ornamentales, los antiguos egipcios diseñaron pabellones de sombra para disfrutar de la belleza de los estanques, como se ve en este plano de un jardín del año 1400 a. C., encontrado en la tumba de Sennefer, en Tebas. Al lado de un canal, o quizás a orillas del mismo Nilo, representado por la banda azul, el jardín está cercado con un muro, junto a la puerta de entrada, que se representa en el primer encuadre, con dos marcas paralelas entre las líneas simétricas de grandes árboles, seguramente sicomoros.

El diseño del plano de este jardín se rige por un axial estricto, igual que el resto de planos encontrados en otras tumbas de diferentes épocas, es decir, que era el diseño habitual de los jardines en el antiguo Egipto; el mismo que regirá en los jardines medievales de Al-Andalus varios milenios más tarde.

 

 

Enric Batlle, El jardín de la metrópoli.

Darío Álvarez,
El jardín en la arquitectura del siglo XX.

 

 

 

El jardín de Ryoanji tiene una breve pero significante aparición en uno de los filmes más emblemáticos del cine japonés, Primavera tardíade Ozu Yasujiro (1949). Se da inmediatamente después de una de las más famosas imágenes de la película: un jarrón colocado sobre un tapete de tatami en frente de una ventana desde la cual aparecen proyectadas sombras de bambú. La escena en cuestión consiste en ocho tomas, siete de las cuales muestran las rocas del jardín Ryonjai (de las cuales hay quince en total), y que se encuentran separadas y unidas a su vez en siete cortes (Ozu casi nunca utiliza otro tipo de transición que el corte seco). Después de dos tomas de las rocas del jardín, el ángulo de la cámara retrocede y vemos al principal protagonista con su amigo - ambos son padres con hijas - sentados sobre una plataforma de madera con las puntas de dos rocas ocupando la parte baja del cuadro. Dos rocas y dos padres. Y después corte a un close-up de los padres desde el lado izquierdo sin rocas ya a la vista. En sus atuendos negros, en una configuración típica de Ozu como triángulos que se superponen, inclinados hacia el jardín con sus brazos alrededor de sus rodillas y las barbitas bajas, los dos hombres asemejan dos rocas. Se escucha que hablan sobre cómo criar a los hijos y después verlos abandonar el hogar. Mientras invocan el concepto de impermanencia, ambos se mantienen inmóviles a excepción de algún gesto mínimo como el inclinar la cabeza para asentir. En su breve conversación en los bordes del jardín, los dos padres no hacen más que repetir lugares comunes sobre la vida familiar y, sin embargo, la escena es una expresión profundamente conmovedora de la condición humana. Logra el efecto de sustituir las figuras de las piedras con la de los dos hombres, afirmando así la persistencia de los ciclos propios de toda relación humana. Estas imágenes de asimilación capturan una de las ideas centrales detrás del jardín seco japonés: el de una continuidad entre la conciencia humana y las piedras. 


Graham Parkes, Japanese Aesthetics.

 

Hayato Ikeda, exprimer ministro de Japón, en su jardín.

Jardín del siglo XVII creado por el paisajista Kobori Enshu, frente al templo Nanzenji, Kioto.

Akio Hasegawa, vendedor de quimonos de Kioto, en el jardín de su casa.

Monje budista en el jardín Koho-An, en el templo Daitoku-ji de Tokio.

 

 

Aki Kaurismäki sobre Ozu

 

 

 

De la sombra y la entonación

Las sombras profundas y la oscuridad son fundamentales, pues atenúan la nitidez de la visión, hacen que la profundidad y la distancia sean ambiguas e invitan a la visión periférica inconsciente y a la fantasía táctil. ¡Cuánto más misteriosa y atrayente es la calle de una ciudad antigua con sus dominios alternos de oscuridad y luz que las intensas y uniformemente iluminadas calles actuales! La imaginación y la entonación se estimulan mediante la luz tenue y la sombra. Cuando se quiere pensar con claridad, tiene que reprimirse la nitidez de la visión para que los pensamientos viajen con una mirada desenfadada y con la mente ausente. La luz brillante homogénea paraliza la imaginación, al igual que la homogeneización del espacio debilita la experiencia del ser y borra el sentido del lugar. El ojo humano está mejor afinado para el crepúsculo que para la luz diurna radiante.

La bruma y la penumbra despiertan la imaginación al hacer que las imágenes visuales sean poco claras y ambiguas: una pintura china de un paisaje de montaña envuelto en la niebla o la arena rastrillada del jardín zen de Royoan-ji originan a una manera desenfadada de mirar que evoca un estado meditativo, como de trance. La mirada con la mente ausente penetra la superficie de la imagen física y enfoca el infinito.

Juhani Pallasmaa, Los ojos de la piel.

 

David Hockney, Walking in the zen garden at Ryoanji Temple.

 

 
 

 
 

 
 

 

 

David Chipperfield 

En septiembre de 2014, el arquitecto británico David Chipperfield inauguró en la Neue Nationalgalerie, construida por Mies Van Der Rohe entre 1965 y 1968, la instalación Sticks and Stones. Constaba de 144 troncos de ocho metros de largo que adoptaban simbólicamente la función de soporte del techo.

 

 

 

Gustave Caillebotte

Con motivo de una exposición en 2016 en el Musée des Impressionismes, en Giverny, titulada Caillebotte, peintre et jerdenier, la crítica de arte Jackie Wullschlager escribió:

“En 1879, Gustave Caillebotte adquirió una casa con un amplio terreno en Petit Genevilliers, a orillas del Sena, donde mandó traer por bote tierra fértil, además de instalar un sistema automático de riegoy vastos invernaderos, retirándose así para siempre de París. A partir de ese momento le dijo a Monet que ese lugar de retiro 'sería su único hogar'. En una carta escrita al mismo Monet, en noviembre de 1890, para cancelar su asistencia a un almuerzo, Caillebotte le cuenta: 'Estoy cultivando una Stanhopea aurea que ha estado floreando desde esta mañana. Los retoños sólo duran tres o cuatro días y no florecerán sino hasta el próximo año. Presenta mis disculpas…'. Estas llamativas y delicadas orquídeas aparecen en condensados lienzos de naturaleza muerta —Orchideés jaunes, Orchideés dans la serre du Petit Gennevilliers—, así como en paneles de la puerta del comedor de Caillebotte a la manera de un trompe l´oil, asemejando un invernadero desbordado de flores”.